De un tiempo a esta parte, es posible darse cuenta que estamos consumiendo más cosas que nunca, disminuyendo el tiempo de consumo por unidad, es decir, tenemos menos tiempo para disfrutar las "cosas" que creemos que debemos comprar para encontrar en ellos la sensación de "felicidad". Y esto nos obliga a buscar la manera de acelerar los tiempos de compra, y a su vez, el acceso a los mecanismos de crédito.
Si se toman un tiempo para analizar esta situación, estamos dedicando los mejores años de nuestra vida a hacer un trabajo que no nos satisface en lo personal, para poder comprar cosas que no necesitamos, buscando sostener un estilo de vida que no disfrutamos. El economista Staffan Linder ha denominado a este fenómeno, "La ceguera del Placer", definiéndola como la incapacidad de generar nuestra propia alegría y felicidad, estamos tan ocupados en no perder el ritmo de lo innecesario que olvidamos como ser felices.
Desde mi punto de vista, se confirma la hipótesis de Robert Holden, que expone que muchas y muchos compran interminablemente para calmar un dolor, un temor o depresiones que se ocultan en el inconsciente y se refleja en el miedo de “no tener”, generando una demencia en las personas que gastan crecientes cantidades de dinero que no tienen, para sentirse cada vez más temporalmente satisfechas.
Es verdad que hay muchas cosas por desear, pero la clave está en saber responder a las preguntas: ¿Qué es lo que realmente deseo?, ¿Qué es lo que me falta para ser más feliz?.
Cuando el gran filósofo Sócrates reconoció que una de las actividades que más amaba era visitar los magnos mercados y ferias, un alumno le preguntó: ¿Por qué visita tantos mercados y hace tan pocas compras?; él respondió, porque no hay deleite más preciado que ver cosas maravillosas que no necesito.

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